El duelo migratorio: lo que se pierde y lo que insiste

Cuando alguien migra, lo primero que se nombra son las cosas concretas: el trabajo nuevo, el clima distinto, el trámite pendiente. Lo que suele quedar en silencio es otra cosa: que irse no es solo cambiar de lugar, sino perder la trama de significantes que sostenía, sin que lo supiéramos del todo, quiénes éramos.

Un duelo, no una adaptación

Freud, en Duelo y melancolía, distingue el duelo como un trabajo: no algo que se supera con el tiempo por sí solo, sino algo que exige ser elaborado, palabra por palabra, hasta que el sujeto pueda volver a investir el mundo. La diferencia con la melancolía es precisa: en el duelo, se sabe qué se perdió; en la melancolía, la pérdida toca algo del propio sujeto que no logra nombrarse.

El duelo migratorio tiene una particularidad que lo vuelve especialmente difícil de tramitar: no es una pérdida total ni definitiva. El país de origen sigue estando, a un video-llamado de distancia, y sin embargo ya no es el mismo lugar al que se podría volver. Es una pérdida parcial que se reactualiza —en un feriado, en una comida, en una palabra que no traduce bien— y por eso mismo, muchas veces, no se termina de reconocer como duelo. Se vive como nostalgia, como cansancio, como un malestar sin nombre. Y lo que no se nombra, insiste.

Por eso conviene desconfiar un poco de los esquemas que proponen “etapas” prolijas para atravesarlo —negación, enojo, aceptación—, como si el duelo fuera un trámite con un final previsible. La experiencia clínica muestra otra cosa: que cada quien elabora esta pérdida a su tiempo y a su modo, y que ese tiempo no es lineal ni se deja programar.

Lo que se pierde no son solo objetos

Se suele hablar de lo que se extraña: la familia, los amigos, la comida, el paisaje. Pero hay algo más fino que también se pierde, y que rara vez se pone en palabras: la lengua en la que uno fue nombrado. No el idioma como herramienta de comunicación —ese, muchas veces, se aprende rápido y bien— sino lalengua, esa zona íntima del lenguaje hecha de chistes, de modismos, de un tono que el cuerpo reconoce antes que el pensamiento. Cuando esa lengua no encuentra con quién hablarse, algo del sujeto queda sin alojamiento.

Es interesante que el psicoanálisis, desde Lacan, sostiene que el sujeto ya es, de entrada, un poco extranjero a sí mismo: nunca coincide del todo con lo que dice de sí, ni con la lengua que lo habita. La migración no inventa esa extranjeridad; la hace visible, la pone en primer plano. Por eso migrar puede doler tanto: no solo se pierde un lugar, se pierde también la ficción cómoda de que uno “era” alguien claro y definido allá, en el lugar de origen.

El trabajo de la elaboración

Frente a esto, el trabajo terapéutico no consiste en ayudar a “adaptarse” más rápido, ni en ofrecer técnicas para sentirse mejor en el corto plazo. Consiste en abrir un espacio donde eso que se perdió —y eso que insiste sin poder decirse— encuentre las palabras propias para tramitarse. No se trata de resignarse a la pérdida ni de idealizar el regreso, sino de poder construir, con la propia historia, una forma distinta de habitar el lugar donde hoy se está.

Detalle de una mesa de madera con un teléfono apagado y dos marcas secas de vaso sobre la madera.

Si lo que se perdió está hecho de significantes, es en esos significantes donde habrá que buscarlo. De ahí que hablar del propio duelo en una lengua aprendida produzca a veces un efecto extraño: se puede describir con precisión lo que pasa, y sin embargo lo dicho no termina de tocar a quien lo dice. Falta el equívoco, el doble sentido, la palabra que se escapa y dice de más. Falta, sobre todo, la posibilidad de sorprenderse con lo que uno mismo acaba de decir — que es, en buena medida, aquello con lo que un análisis trabaja.

Nada de esto se sostiene desde una neutralidad fría. Hay momentos en los que acompañar de verdad implica correrse, aunque sea un poco, de la reserva habitual del encuadre: dejar que algo más cercano pase primero y que la técnica venga después.


Natalia Fernández, psicóloga, sentada a su escritorio escribiendo en un cuaderno, con una biblioteca detrás.

Natalia Fernández es psicóloga y atiende online, en español, a personas argentinas que viven en el exterior.